miércoles, 11 de mayo de 2016

Nacer en qué tiempo.


3 poemas aquí. Gracias.

sábado, 7 de mayo de 2016

Lectura en el Dinosaurio y próximas fechas.


El próximo domingo 8 de mayo estaré recitando 
en la Jurassic Jam de El Dinosaurio 
(c/Ave María 7, metro Lavapiés / Tirso de Molina).

Próximas presentaciones:
Madrid: Librería Nakama (C/ Pelayo 22, metro Chueca)
Ávila: Librería Letras (Paseo de San Roque 12)

martes, 26 de abril de 2016

viernes, 22 de abril de 2016

Dos poemas con música.

Con Daniel Roures (guitarra) y Juan Roures (realización).

miércoles, 13 de abril de 2016

El mal de la montaña


Creo y bebo únicamente de placeres efímeros.
Lejos se fue el amor—ese chorro de agua que escapó
de unas manos llenas.
Y mucho tengo mas nada es mío:
todo lo que quise lo amé,
comí o bendije.

No creo en Dios ni en el dinero.
No creo en lo que llaman permanente.
No creo en nada que no pueda tocar,
como un pez,
y que después desaparezca.

Todo gira a mi alrededor.
Todo gira, y en mi cabeza
este mal de la montaña que un día perseguí
luchando contra los elementos.
Por el camino me deshice de todos ellos,
los que guardaba en el corazón—
un peso cálido que derritió la nieve.

Llegué arriba deseando ver mejor—
y vi a mi amor, una hormiguita,
alejarse con su equipaje al hombro
sin su montaña dorada.

Ahora todo parece pequeño
y lejano. El mundo tan solo.

sábado, 9 de abril de 2016

Qué es Regalar el exilio.



Para que lo perdido se conserve como algo perdido.
Cees Nooteboom

Hay un faro en el puerto nuevo de Edimburgo que es uno de mis lugares favoritos del mundo. Tengo una obsesión por los faros: casi más que un lugar que me indique el camino, me parecen lugares a los que llegar. Una luz que seguir. Este libro habla de la búsqueda de este faro, en cierto modo. O de buscarlo y no encontrarlo. O de encontrarlo y saber que no era esa luz la que seguías, y que has de continuar.

Regalar el exilio es un viaje. O un regreso. O la certeza de que no se puede volver de un viaje. Una tarde en La Central, merendando con Martha Asunción Alonso, hablamos de ello: de cómo no se puede volver, aunque se vuelva. De que volver es como irse otra vez. No me refiero a la tan conocida sensación de tren—tú te mueves y los demás no, o viceversa—, sino algo distinto: tú te mueves, todo se mueve. Nada permanece. No importa que haya otro cielo, que hayamos vuelto al cielo azul neón de Madrid y dejado atrás un cielo gris o blanco nuclear, espeso e impenetrable salvo por la lluvia. Ningún cielo espera. Ningún exilio se regala: no se puede regalar el exilio.

Y cuando vuelves, la casa ha ardido. ¿Dónde está mi hogar? ¿Cuál es el momento de marcharse y cuál el de permanecer hasta que la ciudad arda? ¿Es rendirse marcharse? ¿Es no rendirse, también, saber cuándo uno se debe ir? (O dejarse ir). El exilio es el encuentro con un país extranjero, sí, pero también con una lengua ajena, con una persona ajena—aquello que nos convierte en quienes éramos y nunca fuimos, y también en lo que ya no seremos.

Regalar el exilio no es un souvenir, aunque quizás en algún momento lo fuera, ni un mapa, aunque intentara serlo (56º Norte), ni una ciudad, aunque esté devastada. Porque Regalar el exilio cumple la función que todos necesitamos de ritual funerario, es una elegía. Pero, como toda elegía, también tiene algo de renacimiento, de encuentro en esa quema. Regalar el exilio es una hoja de otoño que se desprende vuela con el viento que todo lo arrasa, y llega, llega muy lejos, hacia otras latitudes—o eso espero.

[Presentaré Regalar el exilio el 29 de abril en Aleatorio (C/Ruiz 7, Metro San Bernardo) y el 26 de mayo en la Librería Letras (Ávila). Más fechas pronto.]

Regalar el exilio puede conseguirse en la web de Harpo Libros,
en librerías a partir de la semana que viene (consulta la más cercana)
y desde el extranjero a través de la Central Librera de Ferrol.

lunes, 28 de marzo de 2016

Viento nocturno


(Edward Hopper, “Evening Wind”)

When anyone escapes, my heart
leaps up. Even when it’s I who am escaped from,
I am half on the side of the leaver.
Sharon Olds*
Presiento que llego tarde al caer.
La noche terminó, y con ella, te fuiste,
pero mi ventana sigue abierta y hace frío.

No soy la muchacha de las manos mojadas—
soy la mujer que se desborda y late,

la mujer a la que le duelen las manos
de no poder acariciar.

Espero entonces a que se haga de día
con la ventana abierta.

*Cuando alguien escapa, mi corazón/ da un brinco. Incluso si es de mí de quien escapan,/ estoy en parte del lado del que se va. (Sharon Olds, Stag's Leap. Traducción de Emily Roberts).

viernes, 25 de marzo de 2016

Recolecta en El Arenal


Nunca te hablé de las cerezas.

Imagina un campo pelado, pasado el puerto, lleno a rebosar de cerezas amarillas. Imagina una finca y a los adultos bebiendo vino alrededor de una mesa en la sombra. Imagina cerezas verdes que aún no han caído del árbol, esperando a ser recogidas por las manos de una niña que prefiere jugar a dar vueltas hasta caer en el barro.

Nada más crecía allí.

Podías arrancarlas o morir de hambre. Podías comértelas una a una hasta el empacho. Podías comer todas las que quisieras, hasta que se pusiera el sol. Que es lo que hicimos, comerlas, porque no sabíamos cuándo volverían a crecer.

Aquel verano decían nunca volverás a ser tan rubia, y la luz cortaba y los estómagos dolían. Decían la dieta cambiará tu pelo, pero la luz no nos preocupaba, pero la náusea no nos preocupaba. Igual que tu lengua se preocupaba por el sabor, no por la colecta. Por eso nunca te hablé de las cerezas.

El resto del año nadábamos en la tierra: había que cuidar las manos. Había que resguardarlas para la recoger la cosecha.

Nunca te hablé de las cerezas porque se repite todo lo que se ama, y yo no quería amar aquello que se repite. Yo amaba las cerezas, pero no había manera de contarlas. Parecían todas iguales: las ácidas y las blandas, las dulces y las maduras. Todas saciaban. La nutrición es repetición: recoger y esperar que se vuelva a producir.

Pero ellos nos decían cada tacto, cada sabor tienen que ser nuevos. Si no para qué. Conseguimos entonces aborrecer las cerezas. Hartamos de cerezas a nuestros estómagos hinchados. Vomitamos cerezas abandonadas sobre un campo vacío.


Ya no quedan más cerezas. Si alguna vez viajas al puerto, no querrás comer cerezas, aunque no sepas por qué una vez estuvieron allí. No te hablé de las cerezas para que no recuerdes que un día, al alzar tu brazo y buscar su color, creciste.

(Publicado originalmente en la antología digital Dientes de leche, de Dara Scully, 2014).