lunes, 31 de octubre de 2016

Diario de Interrail V. Praga.


Nada te será arrebatado
(María-Mercé Marçal)

Te pedí que no llorases en Praga
para no perturbar la belleza de las calles.

Te pedí que no llorases en Praga
para no interrumpir el silencio.

Te pedí que no llorases en Praga
porque no había forma de consolar
el final de nuestro viaje.

Pero tú insististe y lloraste en Praga:
dijiste que era culpa de la belleza y de la absenta,
de ver atardecer desde el puente de Carlos,
de los adoquines y de aquel idioma incomprensible.

Pudiste llorar en Praga,
pero no supiste enterrar allí

los ojos.

jueves, 20 de octubre de 2016

Qué es La Tramontana.


Nothing is forgot by lovers
except who they are
Mary Ruefle

La Tramontana se gestó en un viaje a las calas perdidas de Menorca, en busca de un faro. No obstante, La Tramontana ya lleva tiempo viviendo en mí, casi dos años antes de ser escrita. El temblor de querer contar algo y no saber cómo. Así, en la isla, conocí la leyenda de la tramontana, ese viento feroz que devora todo lo que encuentra a su paso. Entonces, nació la voz de Eva y sus paseos nocturnos, Eva y su silencio, como una maldición. Ese era el germen de la historia, pero la historia no acababa ahí: ¿qué nos queda, que nos llevamos de aquello que no hemos vivido pero hemos heredado? ¿Qué estamos dispuestos a dar—a perder— por reconocernos en otro? Así llegaron Mónica y sus contradicciones; Mónica y su voluntad férrea de perder. Y después faltaba una pieza clave: Nico—la voluntad de querer conocer a un otro que amamos y odiamos al mismo tiempo porque no entendemos.

La Tramontana se parece mucho al viento que sopla en Edimburgo. Como ya sabéis, me exilié allí durante un año para buscarme en otro idioma y en otro paisaje. Lo que encontré no podía sino estar más cerca de mí misma. Edimburgo fue clave para escribir La Tramontana, tanto por el tiempo y espacio que me permitió, la distancia física y emocional, como por una serie de circunstancias que me llevaron a entender mejor a Nico, la última voz que conforma este trío narrativo. Escribir a Nico fue, creo, lo más difícil de todo, y quizás la parte con la que más satisfecha me siento. El mar del norte se transformó en el Mediterráneo, y Arthur's Seat en el viaducto de Segovia de Madrid—un lugar adonde huir como otro cualquiera.

El conocimiento de otra persona es insoportable, dice Anne Carson. Así es. Un viento sordo que se apodera de nosotros y nos empuja hacia el abismo, a abandonar todo lo que no nos pertenece.

Después de escribir La Tramontana, volví a Madrid sin un objetivo claro, de nuevo extranjera, de nuevo perdida en ese intento de regalar el exilio. Hace dos años ya desde que traduje y corregí La Tramontana—pues La Tramontana se escribió en la lengua materna de las islas británicas, para un público británico que se esforzaba por entenderme—y me puse a buscar a alguien que quisiera compartir su voz con vosotros. Es curioso, pues una especie de justicia poética quiso que esta novela escrita en el norte, con corazón de norte helado, encontrara su hogar en el sur. La Isla de Siltolá ha hecho un trabajo maravilloso editando este libro que ahora os entrego para que naveguéis en sus ráfagas, acompañéis a Eva en su noche, a Mónica en su huida, y a Nico en su delirio. Tres locuras que son la misma: ese intento de llegar a casa.

Os dejo aquí el texto de contraportada, escrito por Alberto Acerete, gran lector y escritor, sin cuya indispensable ayuda este texto no sería lo que es ahora, y sin cuya amistad, yo tampoco sería la misma.

Tres voces: Eva, Mónica y Nico. Tres perspectivas sobre la misma y distintas locuras. Tres mujeres que se aman y se rechazan, en primera instancia, que se comprometen y debilitan el núcleo de una familia. Entre ellas, una España que se manifiesta por el cambio. De fondo, un padre corrupto al que culpar o proteger. También el primer amor de Mónica, el trágico Nico. 

En La Tramontana, Emily Roberts convierte lo familiar en activismo político y la tragedia política, motor de cambio, en devastación emocional. Emily Roberts nos cuestiona y nos permite que busquemos las respuestas. ¿En qué medida las condiciones de nuestro entorno nos modifican, y en qué medida somos nosotros mismos los que invocamos a la tramontana? ¿Podemos conseguir el cambio sin asumir previamente los errores que nos han llevado al éxito? ¿Es útil buscar desesperadamente un culpable en los demás ante cualquier problema? ¿Existe una revolución mayor que aprender a perderlo todo?

Esta novela también le debe mucho a todas las personas que de un modo u otro escucharon el viento de la Tramontana: el taller de 9 a 11 de la promoción 2013/14 del Master de Escritura Creativa de la Universidad de Edimburgo; a mi tutora, Alice Thompson; a mi otro taller (Miriam, Oglala, Karen, Sara, Hayley y Anne); a Roser y a Marta J.S., por las conversaciones, correcciones y viajes interminables; a Marta S., por acompañarme al fin del mundo; a mi tía Cristina; a Yasmín y a Gema, a Juan; y, por supuesto, a mis padres.

Espero que os guste. Ya en librerías :).


Presentaciones:
Madrid: 29 de octubre en Nakama Lib (c/Pelayo 22, metro Chueca), 19:30. Presenta Elena Medel.
Ávila: 19 de noviembre en el Episcopio (Plaza de la Catedral s/n), 19:00. Presenta Pablo Garcinuño.
Sevilla: 4 de febrero en Librería La Isla de Siltolá (c/San Bernardo 24), 19:00.
Fechas por confirmar: Zaragoza, Barcelona.

lunes, 17 de octubre de 2016

Diario de Interrail IV. Bratislava.

"(...) Tú también has de echar raíces,
convertirte en árbol y madurar."
(Karin Boye)

Me desconozco y te reconozco en las aguas: calibro los sentimientos para que quepan en el equipaje. Hemos desayunado pan duro; no queda ni una gota de leche. El frío del verano nos sorprende al descender del barco. He querido llamarlo Bratislava como podría haber sido Ítaca. Las inclemencias del tiempo nos transforman (para peor, creo yo).

Eslovaquia es un país diminuto y muy joven, tan joven que se compromete con las causas tan rápido como puede dejar de hacerlo. En esta ciudad aprendo lo que significa devolver algo. El guía del free tour de Bratislava todavía no ha vivido la primavera de Praga, ni la Revolución del Terciopelo, ni siquiera contempló la caía del Muro de Berlín, aunque hable de todos estos eventos con una pasión febril en los ojos. Él es hijo de todo esto, y cuando habla con orgullo de su patria, se aferra a su deseo y nos explica que hay que encadenarlo al puente, como en el resto de ciudades que aman los cerrojos.

Pero el de Bratislava es un puente sin río lleno de candados cuya llaves se arroja a un pozo sin agua. No vaya a ser que, algún día, alguien quiera recuperarla.