jueves, 11 de febrero de 2016

Tiemblo porque espero así resistir la helada.



Cuando viniste por primera vez
todo era rojo.

Ahora ya no puedo
dejarme mirar

las manos.

domingo, 3 de enero de 2016

to the lighthouse.


Y luego, íbamos a salvarnos. Decíamos: íbamos a salvarnos, y por un minuto pensábamos que era cierto. Como un rezo o una maldición.

jueves, 31 de diciembre de 2015

último poema que publiqué este año.


Un arqueólogo estudia los restos vivos de los planetas. Pienso que entonces un arqueólogo debe sumergirse hasta el fondo de la tierra, excavar los restos, comprender los restos, clasificarlos. Nada más lejos de la realidad: todo el que viene aquí se queda asombrado por monumentos y montañas, y mira al cielo. A menudo creemos que lo que se pierde va hacia arriba. Pero estamos acostumbrados a perder hacia abajo. Hacia abajo pero no miramos. No miramos atrás.

De El mundo según los abulenses (Éride, 2015)

(Entrevista en La Ser Ávila)

miércoles, 30 de diciembre de 2015

Fin de año. (2016)


The body hungers before the soul
And after thrusts for its own memory

(Elise Cowen)
He escondido tus recuerdos
robados
en cajas de papel,

he guardado el corazón en el cajón de las 
escamas
y los peces han llorado un poquito,
boqueando.

Ahora vamos a echarlos al mar
que no tenemos,
ahora vamos a nadar así —muy quietos—
en nuestros regazos.

sábado, 28 de noviembre de 2015

Lo que cuento.



Mi cuento "Fidelidad" entre los finalistas del Cosecha Eñe 2015. Ahora publicado en Eñe 43: Desvelados (disponible aquí).

jueves, 26 de noviembre de 2015

Lo que vivo.

Este viernes.


La semana pasada en la entrega del Premio Cosecha Eñe 2015, Festival Eñe, Círculo de Bellas Artes.

martes, 3 de noviembre de 2015

Las niñas crueles de Adelaida García Morales: una aproximación a El silencio de las sirenas (1985), El Sur (1985) y Bene (1985)

(Foto de Mercedes F. Laguna)

Dicen que no sabe, pero ella es una niña. Dicen que no sabe del miedo de la muerte del amor. Pero ella es una niña. Pero sabe. Porque ella es una niña. Y duele. Duele porque le duele. Y lo que más le duele es que no entiende por qué le duele.

La revisión del espacio franquista desde la Transición en las novelas de Adelaida García Morales se hace desde la pérdida. Desde una pérdida que es un hombre, un padre, o un hermano, o un amado, cuyo hueco de violencia y aridez –pero también amor­­– da lugar a algo nuevo. Las novelas de Adelaida García Morales son sutiles, como un soplo en el oído. Hablan del amor, pero también del desamor. Hablan sobre todo del desamor al comprender que sólo es posible amar a una sombra, pues a la luz es posible que el objeto amado no lo merezca. Y quizá entonces sintamos que somos nosotros los no merecedores de ese amor que un día albergamos. El despertar se convierte entonces en una huida hacia la ciudad, donde es aún es posible el engaño, pues en aquel paraíso bello y remoto ya sólo quedan cenizas.

Los personajes masculinos de estas novelas, aunque admirados por sus protagonistas femeninas (Elsa, Adriana y Ángela), son también temidos: representan ese punto de libertad que a ellas no les es posible tener sólo por el hecho de ser niñas; pero son también ese contrapunto de enfermedad y de peligro ante lo desconocido. Las novelas de Adelaida García Morales son un perfecto ejemplo del gótico español como sólo puede ser concebido: desde el mito, desde lo mágico, desde el miedo, desde el deseo.

En el caso de Elsa en El silencio de las sirenas, su amiga y narradora María ofrece un nuevo modelo de mujer impensable en los años 50: una mujer independiente, trabajadora, que se ha retirado a un pueblo de las Alpujarras para vivir en paz. Por eso es ella quien narra a Elsa sin juzgarla y le hace justicia. Porque alguien necesita contar su historia desde otro punto de vista que el del amor romántico y sometido: Elsa está enferma, Elsa ama a Agustín, que vive en Barcelona ignorando su existencia, Elsa bebe de los cuentos románticos y se retrae en su fantasía de sí misma. “¡Soy un monstruo!”, exclama en una ocasión, al descubrirse sujeto deseante (quizá no haya nada más horrible que ser conscientes de lo monstruoso e inabarcable de nuestro deseo, que se escapa de nosotros mismos). Pero no es ella la sirena. Tampoco lo es Agustín, que no entiende, y vive inmenso en su propia pasión, embebido en un affaire que le oculta a su mujer, como un colegial. Las sirenas son las narrativas románticas. Las sirenas son los estereotipos que nos atrapan y se apoderan de nosotros, asfixiando nuestro deseo hacia lo imposible. ¿A qué suenan las sirenas? Al final del libro, la canción de las sirenas es un cuerpo que cae sobre un manto de nieve.

En el caso de El Sur y Bene, el deseo y el miedo a lo desconocido decide explorarse desde la perspectiva de una narradora ya adulta que revisita su infancia durante el franquismo, a través de los ojos y la inocencia –y también, por supuesto, la crueldad– de una niña que desconoce lo que sucede a su alrededor. Adriana y Ángela residen en sendos pueblos sevillanos y extremeños, respectivamente, donde las apariencias y el qué dirán son de vital importancia en el espacio doméstico. En el caso de El Sur, Adriana vive fascinada por su padre, un zahorí que rehúsa las costumbres sociales del pueblo y cuya libertad atrae a Adriana hasta el punto de que ella también responde de manera hosca a sus compañeras, o lo que su madre y la criada identifican como “cruel”. Dicen que los niños son crueles porque no son conscientes del alcance de sus actos. Sin embargo, en este periodo, la infancia tardía de Adriana, con su socialización retrasada al no haber ido al colegio, pienso que los niños son más conscientes que nunca de cuáles son sus deseos, y los ejercen de manera tiránica, sin que medien los prejuicios: lo único que quiere Adriana es impresionar a su padre, y su padre, precisamente, hace lo que le da la gana. Más tarde descubrirá la historia de su amante, Gloria, y el hijo que tuvieron juntos. Más tarde vendrá el desengaño. El padre de Adriana no era un vividor, sino un cobarde que no supo hacer elecciones en su vida. Pero Gloria, al contrario que la madre de Adriana, ha rehecho su vida y, como María en El silencio de las sirenas es capaz de abastecerse sola. Adriana renuncia a convertirse una sombra que ser amada, y toma entonces las riendas de su destino.

Por último, en Bene es una mujer quien encarna esta figura misteriosa; una mujer transgresora: una gitana que vive sola con su novio (su supuesto padre, según las malas lenguas) que se pinta, se maquilla, seduce (“Su novio la dejó por tener más novios a la vez”) y trabaja como criada en la casa de Ángela. Todo el mundo odia a Bene, incluso el hermano de Ángela, aunque la espíe y esté perdidamente enamorado de ella. Todo el mundo cree que Bene es el mal, cuando lo que sucede es que no hay sitio en la sociedad para alguien como ella. Ángela quiere a Bene. A Ángela le fascina Bene. Pero también vive aterrorizada por todos los rumores que giran en torno a ella, sin darse cuenta de que esos rumores dicen más de los demás que de Bene.

Las situaciones de conflicto, aunque situadas en un pasado rígido y autoritario, no es difícil imaginarlas en la España de los años 80, ni siquiera en la actual. Es por eso que el juego de luces y sombras de Adelaida García Morales no queda resuelto para lector, sino que es su trabajo decidir: los textos de García Morales apuntan hacia fuera. Después de una pérdida (muerte) es preciso decidir si repetir los modelos ya establecidos que han fracasado o crear algo nuevo a partir de espacios no agotados.


La historia, parecen apuntar sus textos, es también aquello que no se cuenta, aquello que todos llevamos dentro y que pasa desapercibido, pero que vertebra nuestra sociedad. Todos sabemos que lo que no se puede nombrar, no existe. Quizá nombrarlo dé miedo a algunos y sea más fácil seguir las normas que otras nos imponen, y seguir creyendo en los viejos mitos. Pero las protagonistas de las novelas de García Morales son crueles por investigar el mito hasta la raíz después de haberlo amado, y sacarlo a la luz por oscuro que pueda ser. Por destruir el mito son crueles, pero también se convierten en la única esperanza para que el espacio social se pueda renovar.

(Publicado originalmente en Cayena)

Encuentro/Despedida.


Tener un mapa de este río
ya borrado y desaparecer
(Ester Folgueral)

Me encuentro contigo. Me encuentro contigo pero no estamos solos. Me encuentro contigo, y por primera vez ya nunca estaremos solos. Somos lo que decidimos. Me encuentro contigo en un puente colgante y es aquí donde nos separamos. Es aquí donde nos despedimos, habiendo estado a punto de caer. Pero hemos llegado aquí—de la mano, y en la espesura, hemos llegado aquí—, hiriéndonos a veces sin dejar de vernos. Hemos decidido decir adiós así—romper el hilo en las distancias. Ya nunca más temeré. Es nuestra última comunión. Nuestra última muerte. Yo amaba tu muerte, su cerco infinito, la bandera de su ignorancia. Ahora ya somos creyentes, y sabemos. Ahora ya no tengo miedo. Ahora ya tu mano no me guía—se despide—pero me aprieta fuerte antes de soltar.

Ahora hemos aprendido a hablar y después hemos callado. Hemos besado los párpados para cerrarle los ojos al enfermo. Y descansar.

viernes, 30 de octubre de 2015

Un poema sobre la madurez


Para Gema
Crecer significa aprender a quedarse.
No donde uno quiere, sino donde a uno
lo necesitan.
Quien te quiere te dejará volar y se olvidará de ti
—como es lógico, aunque no plausible
ahora—;
quien te necesita no te hará un lugar en su nido:
será tu nido.

Y pasarán las noches y soñarás
con ser muy pequeña y marcharte
adonde no te necesiten.

Pero sabes que dejar y estar lejos son verbos que, como la ropa
se nos quedaron pequeños
el día que comprendimos que crecer
era no dejarlo todo intacto.